-”El sol nos envejece hasta consumirnos”.
Presté atención a aquella cita sabiendo que acabaría anclada a mi memoria. ¿Quién podría haberla dicho aparte de Martín? Aquel hombre maduro, de pelo largo y canoso, con sus ojos grises atrapados tras el enorme cristal de sus gafas de pasta negra, poseía un don para las frases lapidarias. Y para el análisis en general de todo cuanto le rodeaba.
-Te lo digo en serio -continuó-. El sol nos consume. Llevo veinte años en este bar, trabajando catorce horas de lunes a domingo. Lo sé, parece excesivo. Pero, gracias a eso, he conseguido mantenerme a salvo de los rayos.
Martín podía parecer lunático, descerebrado, o un simple cuerdo encerrado por error en un manicomio, pero siempre conseguía hacerte reflexionar mientras te servía una cerveza con su correspondiente pincho de tortilla, especialidad de la casa, una pequeña tasca a varios metros bajo tierra.
-Esta sociedad se va al garete -sentenció un día. Tras preguntarle porqué argumentó-. ¿Te has dado cuenta de que no nos dirigimos la palabra? El metro va repleto de personas con necesidad de comunicarse pero ellas se parapetan tras un muro de indiferencia. Antes de decirte hola prefieren subir el volumen de sus Ipod o simular que llaman por teléfono.
Deseé esconder los auriculares que pendían de mi cuello pero ya era tarde para esquivar la reprimenda. Tampoco me importó: seguro que me la merecía.
-¿Crees que es mejor aislarse del mundo? -me encogí de hombros-. Mira a tu alrededor.
Obedecí, descubriendo ante mis ojos a una marea de gente empujándose por coger el metro, recién llegado a la estación de Plaza España. Los modales se asemejaban a una historia del pasado: existían, pero el tiempo los había deformado hasta casi extinguirlos. Codazos, gritos, puntapiés…
-Todos parecen ignorar al de su lado y, por desgracia, también ignoran el bienestar que alcanzarían si se comportaran de manera más humana. Humanidad… ¿En qué momento te transformaste en egoísmo?
Convenía escapar cuando el tono de Martín se nublaba por la melancolía aunque, a pesar de que debería ignorarle, siempre acababa marcado por sus palabras. ¿Acaso no era verdad esa omnipresencia del yo? Caminé por el metro escuchando música que pertenecía a otros, presencié discusiones propias de espacios íntimos, observé a viajeros con asiento en propiedad… “La sociedad se va al garete”, concluí mentalmente.
-No es para tanto -me tranquilizó Martín cuando le expliqué mis observaciones-. Quizá me excediera. ¿Sabes que en el metro puedes conseguir todo cuanto necesitas?
“Menos el sol”, pensé.
-Música en directo, literatura para enriquecer la mente, comida para alimentar el cuerpo… No es necesario salir afuera para sobrevivir. Te lo digo yo, que llevo veinte años abandonando mi bar sólo lo necesario.
Se me ocurrió preguntarle si necesitaba a alguien como ayudante. Después de todo cuanto me contaba, ¿quién no iba a envidiar el trabajo de Martín?
-Pues tengo pensado hacer unas vacaciones. Incluso ya sé adonde: a la playa -mi cara de sorpresa no pareció perturbarle y cuando le pregunté si no tenía miedo a que le consumiese el sol a sus labios se asomó una sonrisa-. Más miedo le tengo a esta sociedad y sigo viviendo en ella. Ya sabes lo que digo. “nada me asusta si me asusta todo”. Y, por lo menos, el sol calienta.
















3 comentarios to El sol nos envejece hasta consumirnos.
Bitacoras.com
Abril 3rd, 2009 el 16:39
Información Bitacoras.com…
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Isa
Abril 4th, 2009 el 21:14
Pues a mi el sol me da vida e ilusión de salir a pasear y que me de el sol,me da fuerzas y muy buenas vibraciones,un beso Iván,ya estoy por aqui dando caña.
Isa
Iván
Abril 6th, 2009 el 5:58
A mí me pasa igual, Isa. Aunque tampoco me gusta que me dé el sol demasiado tiempo. Los días soleados a la sombra están bien…