-¿Te apetece entrar?
“Pues la verdad es que no tengo ningunas ganas. Aunque tampoco me apetece mucho esperarla dos horas a que salga de esta tienda”.
-No me gusta demasiado comprar ropa -contesté con cortesía-. Me parece una pérdida de tiempo.
-¿Y qué haces cuando necesitas renovar el armario? Tarde o temprano tendrás que salir a comprar.
-Eso es cierto. Pero no tardo nada en comparación con una mujer.
“¡Mierda! Ahora parezco sexista. No es mi intención generalizar pero lo cierto es que todas las chicas con las que he estado tardaban horas en salir de las tiendas de ropa. Como si las hubieran retenido contra su voluntad. Pero por otro lado… ¿Qué impresión le daré si no entro con ella? Llevamos tan poco tiempo saliendo que”…
-Así que me comparas con el resto de mujeres -comentó Nerea visiblemente dolida-. No sé para que estás saliendo conmigo si mantienes esas ideas preconcebidas.
-Perdona -me disculpé-. Tienes razón. He hablado antes de la cuenta. Pero el caso es que me apetecería tomar algo contigo en vez de entrar en la tienda.
-Yo necesito algo de ropa -en su tono se advertía cierta amenaza-. Si no me acompañas quizá piense que no te apetece estar conmigo.
“¿Y ahora qué? Ya no tengo escapatoria. Si no entro con ella pensará que no la quiero lo suficiente como para compartir sus gustos. Pero”…
-¿No puedes comprarla en otro momento?
-Podría. Pero no estarías tú para darme la opinión.
“¿Opinión? Lo que yo opino es que deberíamos de abandonar este lugar cuanto antes. Hay algo maléfico en él. Puedo percibirlo”.
-Está bien -”¿qué estoy haciendo?”-. Pero prométeme que sólo será un momento.
-Ni cinco minutos.
Dicho esto, y sabiendo que serían los cinco minutos más largos de mi vida, nos adentramos en la tienda mientras Nerea me cogía del brazo, o más bien me arrastraba de él, quedando ensordecido por una música demoníaca a todo volumen, calificada por algunos como “dance” y por otros, entre los que me incluyo, como “revientatímpanos”. Navegué a la deriva entre mares de ropa y perchas divisando a mujeres de todas las edades que, como la mía, se encontraban tan a gusto revolviendo trapos como la mayoría de sus parejas hinchándose a cerveza fuera de aquella tienda. Estaba envidioso, es cierto. Aunque también temeroso. En ese momento no supe lo que me causaba aquel miedo aunque, viendo lo que pasó a continuación, he acabado convencido de que poseo una especie de sexto sentido.
-¿Me acompañas a probarme esto?
-Claro.
“¡Por fin algo interesante! Aprovecharé para verla desnuda. Y quizá me deje”…
-Este sujetador tiene buena pinta -dijo enseñándome un sostén blanco, de encaje-. ¿Quieres vérmelo puesto?
Su sonrisa acabó de espolearme hacia los probadores mientras mi mente se dejaba arrastrar por el torrente sexual. La enorme fila de mujeres que aguardaban su turno podría haber amilanado a cualquiera, especialmente a mí, pero aquel día era diferente. Ante una primera vez siempre se escatiman los riesgos, sobre todo cuando estos se mezclaban con mujeres y pechos. ¿Quién iba a decirme que tras un tiempo insistiendo la vencida iba a llegar en una tienda de ropa?
-¿Cuántas llevas? -preguntó la dependienta sobresaliendo a duras penas de la montaña de tela en la que se había convertido su puesto de trabajo-.
-Tres -respondió Nerea recontando las prendas-.
-Número cuatro -dijo la dependienta alargando una tira de plástico verde con dicho número impreso-.
Caminé tras mi novia espiando entre los pliegues de cortinas esperando ver algún resquicio de desnudez pero, extrañamente, el interior de los probadores quedaba completamente aislado a las miradas ajenas.
-Si quieres ver a una mujer desnuda podrás verme a mi en unos minutos -susurró Nerea intuyendo mi comportamiento-. Es aquí.
Nos detuvimos ante un espacio diminuto, de apenas cuatro metros cuadrados, cuyo único mobiliario era un taburete junto a una de las paredes y un enorme espejo junto a la otra, enfrentados. Entramos en el interior y corrimos la cortina, tratando con ello de preservar nuestra intimidad. Al instante sentí algo extraño, una especie de escalofrío ascendente, del que no supe averiguar la causa. Quizá el sexto sentido. O la expectación ante el strip tease inminente. Pero el caso es que aquella micro estancia me provocaba temor, y no sólo por la claustrofobia.
-Quiero salir de aquí -le dije tembloroso. El sudor empezaba a acumularse en mi espalda-.
-¿Tan rápido? -preguntó pícaramente. Hizo ademán de quitarse la blusa-. Todavía no has visto lo más interesante.
Ni lo vería. Justo cuando Nerea acabó de decir aquello las luces se apagaron dejando a la oscuridad campar a sus anchas. Tras unos primeros segundos de sorpresa palpé buscando la cortina, pero ya no estaba. Lo que antes parecían cuatro metros cuadrados se habían convertido en kilómetros ya que, a pesar de que andé a tientas esperando toparme con las paredes, fui incapaz de encontrarlas. Ni la cortina que, aparentemente, podía tocar con sólo estirar el brazo.
-¡Bienvenidos a nuestra tienda! -bramó una voz monstruosa-. Esperamos que os guste la ropa…
-¿Quién eres? -preguntó Nerea. La escuché a bastantes metros de donde yo me encontraba-. ¡Enciende las luces!
-¡Nerea! -grité sin obtener respuesta. La oscuridad engulló su nombre-.
-Las encenderemos cuando tengamos vuestro compromiso de compra -continuó la voz, imperturbable-. Si no nos veremos obligados a insistir.
-¡Déjanos salir! -grité aterrorizado. Mi corazón amenazaba con salirse del pecho-.
-Parece que tendremos que ser más persuasivos…
De repente el suelo desapareció bajo mis invisibles pies precipitándome a un vacío tan incierto como negro, acompañado únicamente por mis gritos. Soy incapaz de averiguar el tiempo que permanecí en caída libre y si realmente estaba cayendo o el vértigo que inundaba mi cuerpo era sólo producto de la ansiedad pero, tras aquel lapso de tiempo, mis posaderas encontraron un suelo acolchado, que amortiguaron mi supuesto descenso y mi desesperación. Miré en torno mío descubriendo una lúgubre estancia iluminada tímidamente por el halo que proyectaban unas cuantas velas ancladas a la pared por su correspondiente candelabro, lleno de telarañas, que otorgaban a aquel ligar el aspecto de una mazmorra de la inquisición. A mi espalda escuché a Nerea pronunciar mi nombre.
-¿Estás bien? -pregunté abrazándola. Ella asintió-. ¿Tienes alguna idea de dónde estamos?
-Estáis en los sótanos de la tienda -respondió una chica que se mantenía oculta en la penumbra-. Nos han secuestrado.
Cuando mis ojos se acostumbraron a su nuevo entorno percibí a un grupo de mujeres, siete concretamente, que se mantenían apelotonadas junto a una de las paredes y próximas a unas rejas, que constituían la única salida a aquel encierro. Nos aproximamos a ellas.
-¿Por qué nos han secuestrado? -preguntó Nerea-.
-Quieren que les compremos la ropa -respondió una de las chicas-.
-Y no nos dejarán salir hasta que lo hagamos -respondió otra, incapaz de aguantar las lágrimas-. ¡Quiero irme de aquí!
-¡Silencio! -bramó de nuevo la voz. Allá abajo sonaba aún más tenebrosa-. ¿Qué habéis decidido?
-¡Déjanos salir! -gritó Nerea-.
-Veo que sois duras de pelar… Está bien. Os haremos descuento.
Las chicas cuchichearon entre sí. La perspectiva del descuento hacía más llevadera la obligación de comprar la ropa y, tras unos minutos de deliberación, todas acordaron aceptarla, incluida mi pareja.
-Habéis hecho bien. Nuestra ropa es la mejor del mundo… ¡Disfrutadla!
Y dicho esto una repentina corriente de aire apagó las velas sumiéndonos de nuevo en la oscuridad total. Entonces sentí como algo apretaba mi cuerpo sin ejercer excesiva presión, me elevaba ligeramente hasta que dejé de tener contacto con el suelo por más que balancease los pies y, una vez me había acostumbrado a la ingravidez, estiró de mí en alguna dirección, como propulsado por un tirachinas gigantesco, apareciendo de nuevo en los probadores, ahora iluminados, junto a una Nerea tan asombrada como aliviada, sentada en el minúsculo taburete mientras sostenía en vilo las tres prendas de ropa.
-Vayámonos de aquí vfzdg-supliqué-.
Quizá no fuera muy varonil deshacerse en lágrimas como un niño pero allí estaba yo, tan miedoso como siempre, tras sufrir la peor experiencia de mi vida. Nerea me miró, se levantó y, estrechándome en un caluroso abrazo, calmó mis nervios con un beso.
-Siento haberte arrastrado aquí.
La libertad siempre tiene un precio y aquella vez fue de cincuenta y ocho con sesenta céntimos, díez por ciento de descuento incluido. Pagamos la cuenta a la dependienta que se mantenía sonriente viendo la cola de mujeres que, como nosotros, aguardaban el momento de abandonar para siempre aquella tienda de ropa. Entre ellas pude reconocer a las secuestradas en la mazmorra.
-Salgamos -dijo Nerea recogiendo la bolsa con la compra-.
Apenas veinte metros nos separaban de la calle y, una vez fuera, respiré tan profundamente que temí marearme.
-Libres -dije-. Que mal lo he pasado.
-No ha sido tan grave -comentó Nerea. La miré sorprendido pero su cara no mostraba ningún tipo de aflicción. Es más: sonreía-. ¿Ves como puede ser divertido salir a comprar con una mujer?
“Hay algo que no encaja. ¿Como puede estar tan alegre después de la experiencia que hemos pasado? ¿Se le ha borrado de la cabeza?”.
-¿Qué te pasa? -pregunté. Ante su sorpresa era evidente que nada-.
Observé a las mujeres que salían de la tienda y entonces lo entendí todo. Su semblante cambiaba justo en el momento en el que cruzaban los arcos de seguridad. “Les borra la memoria, como en aquella película de Will Smith. Y parece que no nos afecta a los hombres, por que yo aún conservo la mía”.
-A mí no me pasa nada. ¿Y a ti? Te veo pensativo.
-No me encuentro bien.
“¿Habrá sido mi imaginación? No, es imposible. Mi claustrofobia no es tan imaginativa. Entonces, ¿es este el motivo por el que las mujeres tardan tanto en salir de una tienda de ropa? ¿Las secuestran?”.
-Vamos a tomar algo -Nerea me cogió del brazo arrastrándome hacia un bar cercano mientras balanceaba la bolsa con la otra mano-. La próxima vez no te obligaré a entrar.
“Ni aunque me obligues. Ten por seguro que no habrá una próxima vez”.
















2 comentarios to De compras en el infierno.
Capitana
Marzo 24th, 2009 el 1:31
Jajajajaja… es una buenísima teoría, a mí tampoco me gusta nada ir de compras, sólo voy cuando necesito algo concreto y a toda leche, que estar entre tanta gente y mirando porquerías me estresa mucho, creo que me viene de familia.
Qué diabólica tienda de ropa, me pregunto qué habría pasado si alguna no hubiese querido comprar.
Iván
Marzo 25th, 2009 el 4:58
Estoy contigo, Capitana. Me gusta comprar, aunque tiene que ser rápido.
La historia se me ocurrió, como no, en una tienda de rupa femenina, mientras acompañaba a mi mujer. No era tan diabólica pero se le acercaba. Y respecto a los que no quisieran pagar por la libertad… Siempre se puede ofrecer un descuento tan generoso que resulte imposible de rechazar. Sobre todo si se mezcla con la libertad.